¿Ser francés sigue siendo un estilo?
Eugénie Trochu es una editora residente de Who What Wear conocida por su trabajo transformador en Vogue Francia y su boletín de Substack, donde documenta y comparte nuevas tendencias, su enfoque directo hacia la moda y el estilo, además de otras reflexiones. También está trabajando en su próximo primer libro que explora la moda como un espacio de memoria, proyección y reinvención. Nacida en Normandía, crecí en una Francia que aún proyectaba un ideal muy específico de la mujer francesa: delgada, muy delgada, libre, un poco misteriosa, con esa mezcla de despreocupación y desdén que hacía que todo el mundo fantaseara con ella. Una mujer en algún lugar entre Jane Birkin, Caroline de Maigret, Jeanne Damas y todas esas mujeres (en su mayoría parisinas) que encarnaban los bellos pero ligeramente congelados valores de la “mujer francesa” en todo su supuesto esplendor. Un mito construido sobre camisas de hombres abiertas, cabello ligeramente despeinado, lápiz labial rojo medio desvanecido, Levi’s 501 y ese eterno “me vestí en dos minutos”, que, por una vez, a veces era cierto. Me uní a Vogue en 2011 y vi cómo ese mito comenzaba a agrietarse desde adentro. Era hermoso, sí, pero limitante. Afirmaba libertad mientras excluía silenciosamente a la mitad del país. Cuando asumí Vogue Francia 10 años después, quería que la revista contara una historia diferente: no la mujer francesa, sino las mujeres francesas. Aquellas que se visten en Marsella, Lille, Burdeos, París; aquellas cuyos cuerpos, tonos de piel, alturas, cabellos e identidades ya no encajan en una sola caja. La pregunta “¿Ser francés sigue siendo un estilo?” a menudo me persigue, porque asume que todavía hay un modelo. Pero ese modelo, ya lo hemos superado. El estilo francés ya no es una silueta, es una conversación: una tensión entre herencia y modernidad, entre clasicismo y audacia. Es la libertad de ser contradictorio, de llevar vintage con Balenciaga, jeans con joyas heredadas, de cambiar de opinión sin previo aviso. El verdadero estilo francés en 2025 no es abrigo, camiseta a rayas y lápiz labial rojo. Es una actitud: negarse a ser definido. Rechazar el look total, la narrativa congelada, la imagen perfecta. Es esta idea de que la moda no es una actuación sino un lenguaje, algo que puede ser íntimo, político, alegre, perezoso, a veces todo a la vez. Y, sin embargo, algo del mito permanece. Aún hay una especie de distancia en la cultura francesa, un rechazo al exceso. Este “menos es más” no es minimalismo, es una contención silenciosa que no suprime la expresión, sino que la moldea. Y luego está la libertad, la verdadera. La libertad de amar los clásicos sin nostalgia, de llevar una minifalda a los 40, de omitir el maquillaje o de usar demasiado. La libertad de mezclar lo chic y lo ordinario, de echarse un abrigo sobre un chándal, de llevar joyas familiares con una camiseta. Eso es lo que es el estilo francés hoy: un diálogo entre herencia y modernidad, entre estructura y facilidad. Un equilibrio que no se puede enseñar, no se puede copiar, pero se reinventa cada mañana. Así que sí, ser francés sigue siendo un estilo, pero no de la manera en que solía ser. Es un acento, no una gramática. Una energía, no una fórmula.
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Una reflexión sobre el mito, la herencia y lo que queda de ello en 2025.
